Por: Dr. Joaquín Alejandro Soto Chilaca

Médico Psiquiatra, Sexólogo, Psiquiatra Forense y Psicoterapeuta

Siempre recordaré aquel día en el que nació dentro de mí el sentimiento abrumador de miedo y zozobra, al verme descubierto por mi hermana mayor, en el armario de mamá, usando uno de sus vestidos, zapatillas y mi pintalabios favorito, al fin me comenzaba a sentir yo mismo, y de pronto esa sensación se ensombreció con la mirada de rechazo de Aidé, quien corrió a la cocina a informar a mi madre sobre lo sucedido, en quien por primera vez observé decepción y rechazo hacia mí, para mi corta edad no entendía qué era tan malo, como para que el resto del día mi madre evadiera cualquier contacto conmigo, pero pronto llegó la noche y al llegar a casa mi padre, luego de darse por enterado de lo sucedido, me hizo entenderlo a golpes que no cesaron hasta que su fuerza -o sus lágrimas de impotencia- le permitieron.

Tal vez lo menos doloroso de todo eso fueron los golpes, en contraste, lo más difícil era saberme solo incluso en presencia de mi propia familia, quienes no desperdiciaban oportunidad alguna para hacerme sentir como el peor del mundo, cortándome en cada oportunidad las alas que me llevaran a ese mundo del que me sentía pertenecer, y en medio de este panorama, me aferré a mi esencia por más que esto me costara lágrimas y dolor. Y es que el mundo fuera de casa no fue tan distinto, en un principio, llevaba un conteo de la cantidad de insultos que recibía pero pronto perdí esa cuenta, noté que la cantidad de veces que me dijeran marica no importaba, sino la hostilidad de las palabras que me quebraban por dentro día a día. Y dejé de ser el ser humano por ser el marica del que todos se sentían con el derecho de lastimar, sin tener la oportunidad de ser el hijo, el hermano, el amigo o el compañero de escuela.

En consecuencia, me convencí a mí mismo de no ser digno de amar ni que me amaran, sintiéndome sucio y cobarde, me invadió un sentimiento de odio propio y ahí me estanqué, perdiendo quizás, los mejores años de mi vida, de conocer a mi primer amor, ahuyentándose del mundo que me dejaba claro, no les gustaba lo que yo era, al grado de quedarme sin hogar,fue en ese momento cuando puse a prueba mi instinto de supervivencia, pues en la calle y claramente rechazado, tuve que vender mi cuerpo no por gusto, sino por la simple razón de no tener otra salida, fue ahí donde viví quizás los peores momentos, entre humillaciones, malos tratos, hambre, drogas y sobre todo la sensación de caer a un pozo sin fondo.

Fue así que en la fría madrugada de un día de diciembre, mientras Pamela -mi amiga y compañera de ese capítulo de mi vida- se aproximaba a un auto lujoso que se detuvo frente a nosotros, sentí un escalofrío inquietante, pronto ella hizo nuestra señal secreta, había conseguido un cliente, el auto se alejó lentamente dos cuadras, no era usual, solo fue cuestión de minutos cuando escuché los gritos aterrorizados de auxilio de Pamela, corrí tan rápido como pude, pero a mitad del camino, mi mente se paralizó al escuchar tres detonaciones, enseguida, la puerta del copiloto se abrió y Pamela fue lanzada al asfalto mientras el auto emprendió la huida, al aproximarme, tome entre mis brazos a mi amiga, quien agonizante, me miró fijamente mientras moría y con ella morían también mis pocas esperanzas por tener algún día un lugar en este mundo, que sintiéndose con el derecho de juzgar, arrebataba sueños, pero sobre todo, la libertad de ser quien tu quisieras ser.

 

Pronto la vida me cruzó con Elena, activista que quería contar la historia de Pamela, desde la perspectiva del único testigo de los hechos, me ofreció la ayuda y soporte necesarios que me hicieron de algún modo, empoderarme y tener el orgullo de ser lo que ahora soy, el camino fue muy largo y atolondrado y hubo muchos momentos en los que me rendía, venía a mi cabeza una y otra vez la imagen del último suspiro de Pamela, lo que honestamente aún no puedo superar, pero hoy pienso que todas y cada una de esas tristes historias me hicieron llegar hasta aquí, al ser una de las primeras penalistas transgénero del país, pero sobre todo, un ser humano que se ama y se respeta como es, sin el temor de expresarlo y con la convicción de luchar, quizás hasta el último suspiro, por ser feliz en éste, mi verdadero yo.

Dr. Joaquín Alejandro Soto Chilaca
Médico Psiquiatra, Sexólogo, Psiquiatra Forense y Psicoterapeuta
Director de Mindful. Expertos en Psiquiatría y Psicología
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