Por: Ireri Valenzuela 

Psicoterapeuta Familiar

En honor a esta fecha, EL DÍA DEL PADRE, es importante voltear a ver el papel que desempeñan éstos en el desarrollo del ser humano, principalmente en su salud mental.

Durante muchos años, se ha considerado a la mujer la principal figura en la vida de un niño, quien satisface las necesidades básicas de cuidado, afecto, seguridad, entre otras. De acuerdo a la sabiduría popular, la madre es quien debe estar al pendiente de los hijos, quien es imprescindible para un buen desarrollo emocional, y se delega al padre solo el rol de proveedor, como si fuese solo un espectador de lo que ocurre en la crianza.

¿Realmente es solamente ese su papel?

Actualmente, podemos encontrarnos con mayor frecuencia familias en las cuales el padre está ausente, debido a separaciones, divorcios o simplemente porque la mujer es madre soltera. De acuerdo a datos del INEGI, la mayor proporción de hogares, en  México es de tipo familiar biparental  de los cuales existen 33 hogares con jefatura femenina por cada 100 hogares con jefes hombres.

Por otro lado, 18.5% de los hogares familiares son monoparentales, los cuales se encuentran encabezado en un 84% por mujeres. El porcentaje restante está compuesto por 797, 000 familias encabezadas por varones, de las cuales: 259,000 son hombres separados o divorciados, 495,000 son viudos y 42,000 son padres solteros.

Ante esta realidad, surgen preguntas como: ¿Los individuos que crecen sin la figura del padre, tienen las mismas habilidades sociales y psicológicas que quienes tienen la oportunidad de convivir con éste? Sociólogos, psicólogos, criminólogos y economistas han intentado estudiar este fenómeno y su impacto a nivel individual, familiar y social, y de alguna manera evaluar cuantitativamente el costo de la ausencia del padre.

En un estudio realizado por McLanahan Y Sandefur, en el cual dieron seguimiento a 70,000 adolescentes y adultos jóvenes de ambos sexos, que crecieron sin una figura paterna, encontraron lo siguiente: a) el riesgo de permanecer sin estudiar ni trabajar por períodos prolongados es un 50% más alto para jóvenes que crecieron sin su padre, b) el riesgo de interrumpir estudios secundarios es un 100% más alto, y c) el riesgo de embarazo en la adolescencia es también un 100% más alto. De acuerdo a este estudio, es importante destacar que el aumento de riesgo para estas tres variables no aparece en el caso de muerte del padre (chouhy, 2000).

La ausencia del padre es entonces un factor de riesgo en lo que hace al proceso de transición que comienza en la adolescencia y termina en una inserción exitosa en la comunidad, lo que podríamos llamar proceso de emancipación.

En un trabajo de investigación similar al de McLanahan y Sandefur, otro sociológo, Duncan Timms (University of Stockholm, 1991) realizó un seguimiento de todos los niños nacidos en Suecia en 1953, durante 18 años. Se le hizo un psicodiagnóstico a cada uno de estos 15.000 niños a intervalos regulares. Los que presentaron un grado mayor de disfunción psicológica fueron varones nacidos de madre soltera y que crecieron sin padre.

A la par, los resultados de un seguimiento de más de 17.000 menores de 17 años que realizó en Estados Unidos el National Center for Health Statistics (1988 National Health Interview Survey of Child Health) mostraron que el riesgo de disfunción psicológica (problemas emocionales y/o de conducta) es significativamente más alto para niños que han crecido sin padre, entre 2 y 3 veces más alto (Martí, 2006).

Ronald y Jacqueline Angel, investigadores de la Universidad de Texas, publicaron un trabajo en 1993 en el que evalúan los resultados de todos los estudios cuantitativos que analizaron los efectos de la ausencia paterna. Dicen: “El niño que crece sin padre presenta un riesgo mayor de enfermedad mental, de tener dificultades para controlar sus impulsos, de ser más vulnerable a la presión de sus pares y de tener problemas con la ley. La falta de padre constituye un factor de riesgo para la salud mental del niño” (Chouhy, 2000).

Como podemos ver la presencia de los cuidados paternos es crucial para el desarrollo óptimo de los seres humanos. El rol del padre no es solo de proveedor, sino es el de aportar una imagen moral positiva y buena, ser el protector y cuidador, participar como modulador y catalizador de las emociones de los niños,  ayudar en el proceso de individuación,  ser el mentor  y modelo en la transición a la adultez, generando así individuos más seguros, autónomos e independientes. Y al ser el soporte principal de la pareja, favorece que los niños crezcan en un ambiente más favorable.

Referencias

Chouhy, R. (2000). Función paterna y familia monoparental: ¿Cuál es el costo de prescindir del padre. Psicología y psicopedagogía.

Martí, J. (2006). La figura paterna en la identificación primaria y secundaria de los hijos. Bioética.